Santiago López López

NUNCA OLVIDES

Aún recuerdo, que siendo un niño, iba a la ciudad de vez en cuando con mis padres, y recuerdo que me emocionaba más el trayecto que la ciudad en sí. Para un niño de un pueblo rural con casas grandes, la ciudad podría ser un arcoíris de emociones o abrumadora con tanta gente, tráfico y grandes edificios con casas pequeñas, yo era de estos últimos. Siempre dije que nunca podría vivir en la ciudad, me encantaba mi casa grande, mi pueblo, mi gente, su tranquilidad. Curioso o no, hoy vivo en la gran ciudad, sin nada de eso. No voy a negar que no eche de menos todo eso, pero también es verdad que no se si podría vivir sin la ciudad.

Santiago López López

¿Y recuerdas esa época cuando creías que te ibas a comer el mundo, donde todo era posible y nada te pararía? ¡Esa adolescencia loca! Qué tendrán esos años donde nuestra mente se activa de tal manera que más allá de las consecuencias y de lo que opinen los demás, queremos seguir nuestros sueños a toda costa.

En esa loca época un fortuito acontecimiento  marcaría un antes y un después.

Mi vida cambió la noche de un 25 de mayo de hace más de diez años; mi mirada seguía el horizonte de la carretera mientras también miraba el velocímetro para no pasarme de velocidad, quedaba muy poco para llegar a casa. Fue mi último recuerdo, lo siguiente fue despertar en un lugar desconocido, con gente desconocida y rodeado de máquinas; no podía moverme, el dolor era abrumador. “¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?” No entendía nada. Al rato, unas personas pasaron a la habitación, sabía que los conocía, pero no recordaba sus nombres, era mi familia. Sin embargo, lo más duro, no fue eso, lo más difícil para mí fue la rehabilitación; mi mente me decía que caminar era fácil, que era algo que había hecho toda la vida, sin embargo mis piernas me decían lo contrario. Había un cortocircuito en mi cabeza y no era capaz de entender la gravedad de la situación o no quería verla.

Me acuerdo de las numerosas veces cuando iba a las revisiones médicas, donde siempre realizaba la misma pregunta: “¿volveré a andar?”; y siempre me encontraba con la misma respuesta: “es muy complicado, las probabilidades son muy bajas…”. Las respuestas eran muy ambiguas y negativas, hasta que me harté, me agarré a esa baja probabilidad, y mi siguiente pregunta cambió: “siendo en el mejor de los casos y en el que todo vaya bien ¿en cuánto tiempo volveré a andar?” (era mi obsesión); los médicos pensaban que era un iluso: “siendo muy positivos, empezarías a apoyar los pies en un año y medio y empezaras a andar en dos, pero aun así nunca andarás sin ayuda de algún apoyo”; mi respuesta no tardó en hacerse esperar: “volveré a andar sin ayuda”; la cara del médico era de <<pobre iluso>>.

El tiempo fue pasando, ¿y sabes qué?, rompí todos los plazos, a los seis meses empecé a apoyar y a andar con andador; y a los 9 meses con muletas, pero los médicos una y otra vez seguían diciéndome lo mismo. Al año ya caminaba sin ayuda y al año y medio mi recuperación esa casi completa. La cara de los médicos cambió, y cada vez que me veían, me decían lo mismo: “es increíble, es imposible que como tienes los pies, no te duelan y estés andando”; sí que me dolían, pero mis ganas de andar podían con todo.

No pretendo dar pena, ni que nadie se apiade de mí. No, no voy a negar que fueron los años más difíciles y duros. Mi vida cambió porque ahí me di cuenta de lo fuerte que puedo llegar a ser y que si me marco una meta, no pararé hasta conseguirla, digan lo que digan los demás.

Ese fue mi primer gran reto, pero no sería el último… tranquil@, no te aburriré más contando cada capítulo de mi vida y puede que a estas alturas ya estés bostezando y daría para varios capítulos… ¡oye! ¿O puede que te hayas enganchado? ¿Si, no? Bueno ya hablaremos del capítulo dos… 😉

Es curioso. Cada uno de nosotros, a lo largo de nuestra vida, nos encontramos con numerosas cosas o personas que nos inspiran o nos dejan marca en lo más profundo de nosotros; ya puede ser una frase, un poema, libro, una canción o una película.

Un día, un amigo, me regaló una frase que siempre recordaré: “los niños aprenden jugando”, que me recordó a mi infancia, me hizo darme cuenta de cuánta razón tenía y lo tomé como una premisa; “siempre que quiera formarme en algo, me tiene que apasionar y me tengo que divertir”. He recibido todo tipo de enseñanzas, pero aquellas que me han dejado marca y me acompañan siempre han sido aquellas que me enseñaron a jugar aprendiendo. Pero no, esta no es la frase siempre me acompaña haga lo que haga y esté donde esté.

Recuerdo otro día, unos años antes que el anterior, en una sala de espera vi un libro pequeñito de poemas de cuyo autor no conocía, nunca he sido fan de la poesía, es más siempre la he considerado aburrida. No pude leer el libro entero y tuve la tentación de llevármelo, pero pensé que sería muy egoísta si no permitiera que otros lectores fortuitos como yo, pudieran descubrir ese maravilloso libro y que quizás pudieran haber tenido esa misma sensación que yo. Anoté el nombre y el autor, y al día siguiente lo tenía en mis manos. Hubo un poema en concreto que me encantó y me recordó a ese adolescente loco sin miedo a nada, cuya estrofa favorita dice así:

“No te rindas que la vida es eso,

Continuar el viaje,

Perseguir tus sueños,

Destrabar el tiempo,

Correr los escombros

Y destapar el cielo.”

 

Me sentí inmediatamente conectado con aquellas palabras cuyo autor era desconocido por mí hasta ese momento. Ese autor es Mario Benedetti y el poema se llama “No te rindas”. Esa conexión fue tal que me acompaña vaya donde vaya; mi hogar, el trabajo, viajes, etc.

Pero seguro que estás pensando que esto es un poema y estarás esperando que diga cuál es aquella frase que siempre me acompaña haga lo que haga y esté donde esté, esa frase que me encanta y que me motiva día a día y de la cual aún no he dicho nada. Pues bien, he querido dejarla para el final (si por fin ya estamos en el final) porque engloba todo lo que te he dicho hasta ahora; ese niño que aprende jugando y ese adolescente inconformista que se comería el mundo y  que nunca rinde. ¿Por qué cuando nos hacemos adultos nos olvidamos de ellos? ¿Por qué nos adaptamos a una sociedad donde todos somos iguales y se machaca al que intenta destacar? Aquellos que se no olvidan su niñez y todavía tienen ese espíritu inquieto adolescente son los que alcanzan sus sueños. No, no digo que vaya a ser fácil, tendrás que caer y levantarte mil veces, y puede que no lo consigas. A mi mismo me queda mucho camino que recorrer, pero lo importante, recordando a ese niño que iba a la ciudad, no es la meta, sino el camino; porque esa esperanza, esa ilusión, es la vida que pasa mientras persigues tus sueños.  Por eso, y ahora sí:

“Nunca olvides que eres el arquitecto de tu propio destino”

 

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